A la media hora de proyección estaba hecho una braga y al terminarse ésta también, pero menos, vamos, que se me dibujaba en el rostro una sonrisa, ligeramente forzada, signo, tal vez, de que lo había “entendido” todo y, en consecuencia, como “profesional” que soy -¿acaso no estoy escribiendo ahora sobre este film?- debía sonreír…¿Por qué estaba hecho una braga? Pues porque la película que me mostraban era la mía. Yo era aquel niño -salen muchos niños en esa película- que hace cola para la comida, que saluda brazo en alto, que sale de monaguillo y se fotografía -la foto oficial del colegio- con el mapa de España a la espalda. Y también porque yo era el pobre héroe de la División Azul que vuelve, liberado y repatriado a bordo del “Semiramis”. Y el que baila el “Tiroliro” o el que lee a Carpanta y a Juan Centella y hace los ejercicios espirituales y grita “¡Libertad!” en la calle. Sí, yo soy el niño, el hombrecito y el hombre de esos años de posguerra, producto del miedo, el miedo que me hacía rezar y que, para ahuyentarlo, me hacía bailar el “Tiroliro” con las chachas. No, claro que no: yo no he pasado hambre ni he vuelto a bordo de ningún “Semiramis”, pero me he reconocido en todo ese material porque yo también soy producto de una guerra y no de una victoria.

La película de Patino no puede ser “fascista” de ningún modo. El pueblo español que saluda brazo en alto no es el vencedor, no: es el vencido. Eso ya nos lo mostró muy claramente Patino en Nueve cartas a Berta, en la secuencia de los excombatientes cantando sus patrióticos cantos en la plaza mayor de Salamanca. Los ex combatientes de Patino no habían ganado ninguna guerra, no: al contrario, yo creo que la habían perdido, porque después de una guerra civil los que ganan la guerra son unos pocos y los que la pierden son la mayoría. No; la guerra civil no la ganaron los ex combatientes de Patino: la ganaron los ministros, los tecnócratas y los cientos de señores que no habían pegado un tiro. La ganaron los listos, como siempre; y también algunos de los inteligentes, de los que tuvieron acceso a la inteligencia, como siempre.

La película de Patino tiene por protagonista al niño-hombre y al hombre-niño, al que hace cola con la escudilla con mirada de adulto, y al que regresa en el “Semiramis” y llora como lloraría un niño. Es, claro, película política, pero por encima de cualquier política y de cualquier censura, es película humana, con protagonista humano, niño o adulto, torpe o diestro, gracioso o ridículo, pero siempre con miedo, a medio hacer, modelado por el miedo. (…)