Crítica / Queridísimos verdugos
Ternura y crueldad en Queridísimos verdugos

El mismo tema la hacía cruel y espantosa. Esto pensaron otras personas, encerradas hace dos años, un sábado de febrero, en una sala de pruebas de las afueras de Madrid. Eran el realizador, delgado y con la palabra temblante; Alberto Moravia, el Nobel de la pata coja; Dacia Marinai, su compañera, y Gian Vittorio Baldi, productor italiano, como los dos anteriores. Pasó Patino unos rollos de Queridísimos verdugos. Moravia estaba nervioso (…) Fue su compañera la Marinai, que estaba entusiasmada por el tema y la circunstancia, quien felicitó a Patino. (…)

Las primeras palabras de Basilio Martín Patino al finalizar la proyección ilegal, fueron: “Estoy acojonado”. Se emocionó, embutido en un traje rigurosamente negro, y no supo decir más a Opinión. Más a la derecha, Sueiro. Todo nervioso, artículó: “Estoy temblando”, y distrajo los ojos, inquieto, con sudor frío en la frente.