Crítica / Queridísimos verdugos
Una película ética

Magistralmente, Patino contrapuntea su relato con la historia de sus víctimas: criminales famosos como El Monchito o Jarabo, y luego otros desgraciados, ya olvidados, pobres miserables arrastrados al crimen por la locura o por la necesidad. Sin caer en ningún didactismo, Queridísimos verdugos nos enseña, con absoluta nitidez, que la justicia tiene un carácter de clase, que el garrote se hizo para los pobres y para los rebeldes. La espantosa historia de Martínez Expósito –uno de los últimos ejecutados por delito común en el país- es utilizada por Patino con excepcional dramatismo: la entrevista a los padres que esperan vanamente el indulto, la intervención del abogado defensor, la descripción del medio social del reo, tienen una intensidad casi insoportable. Como la tiene el rostro de Puig Antich en uno de los planos finales de la película.

(…) Con Queridísimos verdugos, Martín Patino ha conseguido una obra sobrecogedora, su obra maestra. Ha dado la talla de un artista, para el cual el cine no es un instrumento de evasión, sino de reflexión crítica y de propuesta transformadora.