Escritos /
Amigo Quique, viejo compañero

Enrique, querido Quique, viejo compañero, de pocos he podido gustar mejor no sólo sus conocimientos sino su saber estar, su elegancia, su sentido de la fidelidad. Hay que esforzarse para situar ya en el pasado aquel bienestar de saberle amigo, dentro del cada vez más reducido círculo de seres afines que nos satisface tenerles cerca, aunque no se les vea, y los años hayan ido haciéndonos cada vez más solitarios. Él fotografió mis primeras prácticas de realización en nuestra inolvidable Escuela de Cine; con él hice mi primer trabajo publicitario para televisión, un encargo de la editorial Dossat, me acuerdo, cuando apenas sabía lo que era eso de los spots y teníamos que ir a comprobarlo a su casa porque era uno de los primeros que disponían del artefacto catódico; él rodó mi primer documental “Torerillos”, producido entre otros con José Luis Borau y Mario Camus, supliendo con ingenio y amistad las carencias con que nos estrenábamos; él afrontó espléndidamente la dirección fotográfica de mi primer largometraje “Nueve cartas a Berta”, una película afortunada en cuanto a la forma de atrevernos a presentarnos en sociedad. Disfrutábamos de un equipo de lujo, aunque entonces fuésemos todos desconocidos: directores de fotografía de la talla de Fernando Ribas, que trabajó de operador, José Luis Alcaine, fotofija, Teo Escamilla ayudante. Posteriormente pude comprobar la influencia que ejercía sobre el estudiante ya notable Luis Cuadrado, otro pionero, que le consultaba permanentemente sus dudas respecto a lo que entonces comenzaba a innovarse, casi como un juego, con la seguridad que da el apoyarse en un maestro amigo y joven. Felices días de iniciación. A casi todos los de nuestra generación, nacidos en años de circunstancias históricas turbulentas, niños de la guerra, nos correspondía incorporarnos a la vida pública en momentos decisivos de la evolución del país, no sólo políticos y culturales sino técnicos y profesionales respecto al modo de entender la profesión a la que aspirábamos y a la propia conformación que nos incitaba a expresarnos estéticamente también de otro modo. Casi todos habíamos escrito seguramente críticas, asistido quizás de mirones al rodaje de alguna película que los míticos seres del cine se habían desplazado a rodar en nuestra ciudad. Poco más. Y coincidimos afluyendo con nuestro sarampión a Madrid, donde habitaba la utopía del cine, aquel mundo cerrado, propenso al corporativismo y a la endogamia. Llegábamos con lo puesto y algún título universitario, desde cada una de nuestras provincias, siempre lejanas, cinematográficamente alejadas. Voluntariosos, ingenuamente cultos, con aspiraciones, desde Salamanca, Santander, Zaragoza, Guadalajara, Sevilla, Valladolid. Sería divertido rastrear cada una de nuestras aventuras particulares de extrañeza y adaptación a un medio tan ajeno. Pretendíamos introducirnos temerariamente en el recinto sublimado del cine, asaltar la capital donde se hacen las películas. Primero era el poder acampar como emigrantes sin recursos, fuese como fuese, en pensiones, colegios mayores, pintorescas casas de amigos, barrios alejados, donde sobrevivir, tras un proyecto de futuro tan frágil como cuestionable. Y aseguraría que lo asumimos satisfactoriamente, además de divertidos. Hasta creo que sin dejar cicatrices.

Es en aquel proceso de adaptación donde recuerdo mi sorpresa grata, admirativa, ante el nuevo amigo de inquietudes que vivía ya centrado, asentado, es decir, domiciliado, siendo incluso madrileño de verdad, el primer madrileño autónomo que creo haber conocido nunca, y además de uno de los barrios más hermosos, a pocos metros del Museo del Prado, vecino del Retiro. Nunca he podido separar a Enrique Torán de esta imagen confortable de hombre equilibrado, culto, liberal, moderno, un poco gentleman; y para más sorpresa gastrónomo sibarita que desprendía gusto por vivir. Tenía incluso ya su productora propia equipada para trabajar independientemente como excelente técnico que era. Torán pudiera haber sido uno de aquellos cineastas personales que en los comienzos del cine ideaban sus propias historias, construían sus escenarios, los iluminaban, los fotografiaban, y si era preciso construían los artefactos “tomas de vista”, asumiendo las posibilidades gozosas de una total paternidad creativa, al estilo renacentista. Eran los finales de los años cincuenta, cuando todavía, bajo los dominios globales de cuanto significaba Hollywood, comenzaban a emerger los cinemas diferentes de jóvenes contestatarios con otra visión de la Histora, lo cual implicaba a su vez otra estética y otro cultivo intelectual. Se ponía en cuestión el modelo único de la “fábrica de sueños” y su american way of life, aquí difícilmente compatible con la ideología de quienes se alzaron militarmente. Seamos comprensivos con la conformación ideológica de cuantos hacían cine aquí, en nuestro país, los únicos que entonces podían llegar a hacerlo. Pero había aparecido un clima que comenzaba a hacer inevitable el cambio. Un ingeniero de grato recuerdo, don Victoriano López, había fundado el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas, a la sombra de la Escuela de Ingenieros Industriales. Era el oportuno señuelo para tantos desamparados que no podíamos desplazarnos al IDEC de París o al Centro Experimentale de Roma. Acabábamos de deslumbrarnos ante la aparición de los jóvenes Bardem y Berlanga, sus primeros y afortunados alumnos, que abrían un camino esperanzador. Habría que hablar de un antes y un después, ya se sabe, que implica concepciones distintas en el modo de reflejar la vida, fotografiarla, representarla. Y junto a los dos B.B. precursores empezaron a sonar los nombres de otros técnicos jóvenes, de sonido, de decoración, de producción, pero sobre todo fotógrafos con una renovada riqueza expresiva en función de las últimas aportaciones técnicas de la iluminación, de la óptica, del aumento de sensibilidad de los soportes, repercutibles en nuevas posibilidades de la tonalidad y del claroscuro, cuando el blanco y negro estaba desapareciendo ante la competencia avasalladora de un mundo definitivamente en color. Yo fui testigo de cuanto significó la aparición de un técnico como Juan Julio Baena, tan influyente sobre Enrique Torán, otro pionero, que le consultaba sus nuevos problemas, igual que Luis Cuadrado se los consultaba después a él, en la misma línea, no ya de alumno-profesor sino de amigos embarcados en el mismo viaje. Días de la liberadora emulsión tri-X de alta sensibilidad, hasta de 400ASA, días de la Arriflex, días del macro, de cámara a mano, de los formatos panorámicos, de los fotoflood. Estábamos naciendo, casi sin ser conscientes, gozosos y como por generación espontánea. Y se hizo realidad que surgieran experiencias como “Los golfos”, “La tía Tula”, “El buen amor”, “Con el viento solano”, “Del rosa al amarillo”, “La caza”, “Nueve cartas a Berta”, etc. Fueron años de aventuras peculiares, de tertulias perennes, de liberación ante los academicismos. Yo no he tenido la oportunidad de hablar con muchos técnicos del cine como Enrique Torán de modo tan gratificante y sin prejuicios de Vermeer, de Caravaggio, Rembrand, Latour, Velázquez, de las posibilidades de transfigurar la realidad por los efectos de la luz, etc. Temas que siempre sabían a poco. Enrique Torán sabía perfectamente que el estilo de una película está supeditado a la fotografía en que se cobija, sus moldes diferentes, que no tienen nada que ver los cromos de la Metro con la expresividad que impone Otto Hoffman con su luz alemana en las películas de Murnau, o en la atrevida personalidad que confiere Gregg Tolanb al mundo de Orson Welles con sus techos, sus profundidades de campo, etc., o en la influencia de Coutard sobre Godard. Por otra parte las máquinas, la Mitchell, la Superpargo, etc. dejaban de ser tan pesadas, y con las novedosas emulsiones más rápidas posibilitaban la utilización de escenarios naturales y la facilidad de echarse la cámara al hombro.
Cuántos recuerdos. Con Quique Torán viví además fantasiosas experiencias de juventud, tampoco hoy frecuentes. Aquel viaje en su memorable vespa organizando una literaria gira teatral por los pueblos de Segovia -Pedraza, Sepúlveda, Castilnuovo…- con Mario Camus y otros amigos haciendo representaciones, cuyos decorados y vestuarios llevábamos en un carro durante unas felices vacaciones de Semana Santa. Conservo aún el recuerdo de sus espléndidas fotografías.

Me sigue produciendo satisfacción sobre todo aquel cursillo celebrado en el Círculo de Bellas Artes, del que éramos directivos, que numerosos jóvenes y no pocos profesionales siguieron con apasionamiento. No he conocido tal capacidad para sugestionarnos a todos cuantos abarrotábamos la gran sala de columnas durante días enteros, desde por la mañana hasta por la noche que duró, con entusiasmo desconocido. Ni recuerdo haber oído explicar mejor el concepto de imagen cinematográfica mediante proyecciones y diapositivas y todo tipo de recursos con el sugestivo tema de “La luz como sustancia”. Lo explicaba también en un espléndido libro agotado que me gustaría se volviera a editar. Nadie sabía más sobre las capacidades del ojo moderno y de cómo adiestrarlo en las nuevas formas de mirar y percibir el mundo.

No hace muchos años tuvo la generosidad de interpretarme el papel de profesor en “La seducción del caos”, una de mis últimas películas. Pero lo que no conseguí es que volviese a hacerse cargo de la dirección fotográfica de mis trabajos en los que tanto le eché de menos. Había tomado la decisión generosa y liberadora de entregarse de lleno a la docencia, lejos de una actividad industrial cada vez menos atractiva. Estoy seguro de que serán muchos los que se lo agradecerán.

Últimamente, extraña y alienante profesión, habiendo coincidido en tan poco frecuentes coincidencias, Quique, amigo, casi ni nos veíamos. ¡Qué irremediable limitación! Nos habíamos ido haciendo mayores, bastante mayores, casi sin darnos cuenta.