Escritos /
En la muerte de Augusto G. Fernández Balbuena

Había llegado a la profesión cinematográfica después de pasar por Derecho en Madrid, Letras en Sevilla, abogado laboralista, fotografía en Inglaterra, actor en la BBC, teatro en los “Tábano”; años de búsqueda en Sudamérica, actividades con la duquesa “roja” de Medina Sidonia, intérprete de Katherin Hepbrun, realizador de publicidad, corresponsal de guerra, profesor de Cultura Española en los cursos del Academic Year de la Universidad de Hamilton… Ríos de búsquedas y experiencias diferentes que luego, no sé por qué, van a dar a la misma mar del cine, azar de los azares, esta aventura que viene a ser como la Legión dentro de todas las demás milicias inquietantes: un oficio todavía seductor, narcotizante, que en teoría parece ejercerse libremente. Y, todavía joven, se vio enrolado, cómo no, en aquel colectivo de los años setenta que se echó a la calle a filmar los estertores del franquismo, temerariamente a por el bisonte, sorteando a los grises en la Universitaria o en las asambleas de la resistencia, prestos a esconder los rollos impresionados antes de que se los registrasen en los sótanos de la Puerta del Sol. Qué impagable y generoso legado notarial cara a la historia, aún no valorado debidamente.

Me hizo la fotografía, excelente, de varios de mis trabajos, más de alguna vez en la clandestinidad. Culto, abierto a todo, enciclopédico, discretamente escéptico, irónico. Le caracterizaba un especial modo, podríamos decir humanista, de estar y de comprometerse con este país concreto y este oficio de realizar películas, audiovisuales, lo que sea, que convertía el trabajo en una satisfacción vital. Con él pude desenvolverme más seguro, respaldado en su técnica, además de valerme de su complicidad para disfrutar licencias, siempre tan relativas, frente a lo “cinematográficamente correcto”; aquellos atrevimientos de mezclar formatos y texturas que nos decían incompatibles, ensayar formas distintas de contar, tratar de romper academicismos y desacralizar la estética del convencionalismo, a la búsqueda de otra expresividad, de otras coherencias interiores. Estábamos tratando de reencontrarnos cuando me dieron la noticia en Valladolid, mientras me homenajeaban por mis películas, algunas de ellas rodadas por él, al margen del ruido, superada ahora ya por el tiempo aquellas posibles incorrecciones. Añoro especialmente esta cita última que no pudimos llegar a disfrutar siendo él tan rico conversador. Se habían acumulado últimamente muchas experiencias que nos hubiera divertido tanto comentar. La muerte, esa sorpresa hiriente con la que nunca contamos le atrapó en pleno tajo. Y en soledad.