Escritos /
Filmar las realidades invisibles

“Buscar en el cine la representación del pasado es una empresa injustificada”, escribió Passolini, según una cita que leo en Fernando González. “Falsa y totalmente maquillada, o bien, simplemente metafórica”. A la veracidad de los documentos se opone la emotividad de las invenciones, y la necesidad de fascinar, aún a costa de ser heterodoxos. Intentar filmar el sentimiento de la historia pertenece a una poética subjetiva, a una propuesta de comprendernos mejor, de superar el desconcierto en que puede situarnos el transcurso implacable del tiempo. En cada película construimos una ventana desde la que mirar como nos reinventamos a nosotros mismos. Un modo de sosegarnos respecto a determinados tiempos y zonas inquietantes. En todo caso me parecería un despropósito confundir el oficio de fabulador cinematográfico con el de historiador. Aunque ambos se propongan suscitar el conocimiento de sucesos pasados, y contemplarlos desde el hoy vivo, actual. Sus herramientas de trabajo tienen poco que ver. Pesan sobre ellos el prestigio del valor académico que emana del respeto a la verdad o el desprestigio de su mentira, por las presuntas falsificaciones históricas, poéticamente imaginadas; el reconocimiento ante el compromiso histórico, o el sambenito de falsario respecto a sus interpretaciones fabuladas del hecho original. Resulta difícil entender que se le pueda sustraer a la comunicación cinematográfica su materia prima de espectáculo embaucador, fascinante, su capacidad de ensoñar y permitirnos imaginar las realidades invisibles y abstractas de lo inventado.

Es la sustancia cine, que exige, por encima de todo, una libertad total de recursos dirigidos a estimular la complicidad mental del espectador, -elipsis, efectos ópticos o musicales, distorsiones, manipulaciones inevitables, yuxtaposiciones, etc.- no siempre respetuosos con el concepto de realidad histórica. Además de enriquecer su representación, nos permitimos así objetivar conductas, estados de ánimo, sentimientos, etc., que es otra manera de aproximarnos aún más a lo acontecido. Y libertad en cine consiste en creer o no en la inteligencia del espectador, allá él, para que se interese o se abstenga del juego, crea o no crea. De esta actitud depende el que la película sea un ejercicio de participación cómplice, o una manifestación de autoridad. Afortunadamente, tampoco el cine le hará la competencia al Registro Civil, o al calendario, o a las estadísticas, según el símil de Balzac respecto a la literatura. De poco valdrán sus exactitudes si no se respetan esencialmente sus recursos propios, su zona intermedia entre lo ensoñado y el dato fotografiable, su sistema de ritmos y premisas, sus estereotipos, en un grado de conciencia que responde a otra disposición para vivir la realidad.

Un ejercicio provocador, polémico

Indagar en el pasado de un modo tan convencional como el cinematográfico, sin el rigor y la disciplina del estudioso profesional, es bucear en un océano particular y oscuro de sentimientos, influencias heterodoxas, estéticas e idearios que requieren una indulgencia especial para transgredir sin escrúpulos lo correctamente establecido. Entiendo que hacer cine es ya un ejercicio provocador, polémico, y, ¿por qué no?, me atrevería a decir que implica cierta licencia para ejercer una especie de terrorismo estético-cultural, con toda seguridad inocuo e ingenuo, pero con toda seguridad también estimulantemente liberador. Desde mi relativa experiencia sé que el cine resultará tanto más gratificante para autor y para espectador cuanto más me atreva a olvidarme de toda atadura, preceptiva o normativa de lo que se debe hacer, según los profesores, frente a lo que me da la real y sincera gana, saltándome además sus claves económicas, que son las más espinosas, y todo tipo de barreras académicas, para hablar en directo al espectador y hacerle cómplice de mis particulares indisciplinas. Qué goce de plenitud creativa, de liberación, de compensaciones, con sólo abrirle a tus seres afines el canal de nuestros interiores vasos comunicantes. ¿Deberemos someter también nuestras ficciones a la prueba crítica de los investigadores? ¿Cuál será a la larga más expresiva y válida en el mejor entendimiento de la historia? Los usos de lo cotidiano, la gesticulación y sociabilidad, la intimidad de lo privado, los juegos de la seducción amorosa, los ritos del misterio, de la muerte, de la familia. Tras la historia oral, y luego la escrita, y luego la visual, yo añadiría la inventada. Particularmente, más que representar el pasado, me interesa suscitar su presencia en el día de hoy, vivo, presente, en su confluir y simultanear distintos tiempos que se complementan, se potencian, o se aniquilan entre sí. Pero dejando al espectador que construya su propia reflexión personal conforme a sus conocimientos o a su capacidad de reflexión.

El fetiche de lo auténtico

El concepto de falsificación en arte es un interesante tema recurrente del que tuve la oportunidad de ocuparme en La Seducción del Caos. ¿Puede hablarse de falsificación en el mundo del espectáculo y la representación? A los griegos les bastaba una simple máscara para encarnar a los míticos dioses de la antigüedad. Shakespeare se apoyaba simplemente en la imaginación del espectador. En cine, a falta de esa cultura de la complicidad autor-público, la cuestión de la mímesis requiere de sofisticadas escenografías, maquillajes y efectos sonoros que parecen no conformarse hasta que se puedan oler y ser accesibles al tacto. Se busca la eficacia de la simulación no por el ejercicio mental de la comunicación a través del lenguaje, sino a través de las apariencias que proporcionan mayor o menor grado de veracidad. Yo hablaría, en tal caso, de verosimilitud como refuerzo de la eficacia expresiva. Otro convencionalismo de las técnicas de representación, basado en la sugestión, para lograr mejor la sensación de lo real y hacer más eficaz el simulacro de la huella histórica; una aproximación al valor fetiche de lo auténtico, el vasallaje a la marca, que nos asegura la certeza de su calidad.

Montar imágenes originales procedentes de archivo, es decir imágenes arqueológicas, es otra forma de operar sugestionados por la misma pretensión. Pero “lo auténtico” necesita ser aliñado y hábilmente manipulado si lo que queremos es rescatar o añadirle el significado de sus sentimientos para darle vida a lo que queda de sus restos disecados, tan limitados, tan fuera de nuestro contexto actual y de las exigencias del relato. Las imágenes viejas suelen quedar momificadas como signos referenciales de muerte. Y en cambio lo que pretendemos son vivencias impactantes en nuestro ahora, pero con la convención testimonial de entonces.

El cine nos ha valido para algo

Comencé a sorprenderme cuando desde algunas aulas, o desde instituciones culturales, solicitaban mis películas para valerse de ellas en la explicación de la Historia. Para bien o para mal nos ha tocado vivir unas circunstancias históricas tan condicionantes que, a mí por lo menos, me ha sido imposible sustraerme a su influencia. Y me doy cuenta ahora de que, sin habérmelo propuesto, cada uno de mis trabajos ha ido dejando una especie de radiografías ocultas del momento histórico que me afectaba, como una extraña necesidad de apresarlo, por encima de otras preferencias personales. Yo había realizado Canciones para después de una guerra, a la búsqueda de ese conocimiento, aquellos sentimientos, de los que no fui consciente en mi niñez. A falta de los medios adecuados que se hubieran requerido, tuve que recurrir a escarbar entre el material de aluvión sacado de las escombreras, digamos arqueológicas, que vienen a ser los desechos de las películas de entonces, los nodos, los anuncios y otros materiales efímeros retirados de la circulación comercial por inservibles. Con la facilidad de su economía, se acrecienta el placer de cortar, tirar, probar, destrozar, atreverse, como un juego de niños paradisíaco y excitante. Me he referido alguna vez a la sospechosa veracidad de sus identidades, instrumentalizadas sin pudor alguno por mi parte. Su recreación fue para mí una de las experiencias más ricas y liberadoras. Cuando, a continuación, decidí enfrentarme con Caudillo, entonces verdadera necesidad de supervivencia frente al acoso inquisitorial, el material me imponía otro diferente respeto, no sé si áulico. Era ya otro juego, y otra causa, y otra experiencia mucho más ambiciosa. También más arriesgada. Enfrentarme a la realización de una película como Caudillo, igual que lo fue desde otra perspectiva, Queridísimos Verdugos, en aquellos momentos, suponía además una transgresión, al borde del atentado. Un factor de riesgo de consecuencias insospechadas. Lo cual reconozco que me divertía, pero a la vez me obligaba también a otra mayoría de edad artística, lejos de cualquier frivolidad, de la que sabía que, cara al futuro, habría tenido que arrepentirme. Necesitaba escapar definitivamente del discurso institucionalizado. Me urgía no sé qué necesidad de reestructurar un viaje personal lastrado por la incomodidad del pasado. Y quitarme de enmedio aquellos residuos de amedrentación, como quien necesita matar al padre para poder ser libre de una vez. Una forma de apoderarme de la representación mítica del bisonte, desde mi cueva, entonces clandestina, a modo de exorcismo. Y me enervaba el poder enfrentarme a la omnipotencia del Gran Caimán cuando aún vivía, como una forma más eficaz de eliminar desde sus orígenes el miedo que representaba. Buscaba también, en el fondo, alguno de esos rasgos desmesurados que nos seducen estéticamente en los caracteres fuertes retratados por Sófocles o por Shakespeare, y que justificarían de algún modo el hecho de haber sido elegidos por los dioses para pastorearnos a los demás. Y no hubo lugar ni para la decepción: el protagonista de miles de nodos, ensalzado en decenas de biografías apologéticas, tenía, como era de esperar, los pies de barro. Al someterlo a la moviola no encontré sino guardarropía cuartelera, patrañas, maniobrismo caciquil, hastío, y una comparsería servil de generales, académicos, banqueros y obispos que le llevaban el palio. El generalísimo les había resuelto el trabajo sucio de sangre, las cárceles, el miedo, la mala imagen. Y de las imágenes no emanaba sino la humareda del incienso y el “sic transit gloria mundi” de toda “vanitas” decorada de podredumbre. Revisando tal monotonía de escenografías no extraña que terminara creyéndoselo. Qué crueldad la de las imágenes testimoniales con el paso de los días. Atención historiadores, con las falsificaciones del cine filmado de verdad. La moviola convierte en pocos años a un Cesar en un fantoche. Todo esto me producía aún más dolor. ¡Qué estafa! No hubiera valido ni el esfuerzo por ocuparnos de él si no es por la pasión de desmitificar el contexto de un pueblo destrozado, atónito, enzarzado en esta farsa irracional. Y te puede la emoción ante cualquier tentación de ironizar, de dejarte llevar por el sarcasmo. Con tal fuerza se impone la necesidad de comprender. El cine nos ha valido para algo. Recomponer Caudillo era jugar a un rompecabezas del que nos habían escamoteado sus piezas principales. Una vez recompuestas te quedas como nuevo, sosegado y limpio de aquella vieja pesadilla con que nos amamantaron.

Perdónenme los historiadores

Enviciado ya por estas licencias operativas, me encontré con que, para determinados temas de los que no había ni rastro porque nadie tuvo la oportunidad de filmarlos, sin tener ya dónde rebuscar esos valiosísimos materiales de derribo más o menos relacionados con su monumentalidad histórica, sin documentalistas ya a los que piratear su obra, se me ocurrió que lo más práctico e incluso divertido, era fabricar yo mismo dichos residuos testimoniales, falsificándolos sin límites, para poder seguir trabajando sobre productos de marca garantizada. Es una cuestión de verosimilitud en la copistería. Todo viene de mi vieja afición a chalanear en El Rastro. Es otra forma de disfrute. Y termina convirtiéndose en una drogadicción. Pero, ¿qué hemos hecho siempre en el cine sino simular realidades, eso sí, aprisionados con las más empalagosas escrupulosidades artísticas? ¿Dónde están los límites pundoronosos del respeto a nunca he sabido qué reglas del juego? ¿Cuál es la biblia del arte cinematográfico? ¿Y por qué no filmar yo mismo esas materias primas, a mi aire? A estas alturas, ¿a quiénes vamos a engañar? Perdónenme de nuevo los historiadores especialistas. Con todos mis respetos más sinceros decidirme por este nuevo juego amplió mis perspectivas y mi horizonte. A partir de entonces las huellas las recompondré yo, sin otras limitaciones que las que encuentre en mi invitación a la complicidad con el espectador, mi otro yo al que me dirijo. Pero con voz y metodología propia, de primera mano.

La huella de mi existencia

Qué sucesión de tiempos históricos superados gracias al cine. Discúlpeseme que me confiese y aluda a mi propio catálogo particular para explicarme mejor: Nueve cartas a Berta, Canciones para después de una guerra, Caudillo, Queridísimos Verdugos, Los paraísos perdidos, Madrid, La seducción del caos… dentro de poco Borrachos como dioses. No se trata de juicios de valor. Son historias particulares dentro de la historia general. Forman parte de mí. Me han ayudado a hacer el viaje colectivo. Un resultado que sería imposible repetir. Es significativo que tampoco me guste ni necesite volverlas a ver. Cumplieron su misión sin haberme enterado, como quien desconocía hablar en prosa o en verso. Me ha puesto en paz con mi tiempo. ¿Filmar la historia?. Son la huella de mi existencia. Quizás también, me atrevo a pensar, la de algunos más como yo. El cine, le hice decir a un personaje no sé dónde, es también un modo de transmitir la historia: pero contándola de otra manera.