Escritos /
Filmar Madrid

Difícil tarea. De Madrid, como de cualquier otra ciudad tan compleja, las cámaras más habilidosas pueden llegar a captar documentalmente sus escenografías, sus ambientes, su geografía humana; pero en la medida en que nos empeñemos en captar su diferenciación o personalidad propia y darle sentido aferrándonos a sus características de identificación, por otra parte incuestionables, me parecería más práctico valerse de la ficción, que objetiva con más profundidad las conductas, las costumbres y las razones de ser. Los objetivos ópticos y sus mecanismos de amplificación, de selección, de montaje con los que se manipula lo que entendemos como “documental” son más impositivos en cuanto que lo que buscan es imponer unos determinados criterios al espectador. Aborrezco en general al llamado cine documental por su tendencia a convertirse en una manifestación de autoridad; lo contrario a la dialéctica del diálogo cómplice con el espectador, abierto y crítico. Hacer cine, como escribir poemas o pintar, pienso yo que es un juego diferente, y requiere otro estado de conciencia, otra propuesta estética a la que el autor se entrega sin prejuicios, contando con la colaboración del público. Tiene que haber otra complicidad. Y se desenvuelve en otro clima pasional, otro sistema de compenetraciones e intereses. Entiendo que filmar Madrid no es enseñarlo propagandísticamente desde la superioridad, sino tratar de comprenderlo más por dentro, aunque sea desde la animadversión. Me atrevería a hablar de empatía, desde el sentimiento de amor-odio que suelen generar las dificultades de convivencia o de adaptación en las compenetraciones de cada día.

Recordemos que un hombre de la sensibilidad de James Joyce tuvo que marcharse de manera traumática a los veinte años de su Dublín natal, donde no volverá a residir, iniciando un peregrinaje incesante por Italia, Suiza, Alemania, para ir a morir ciego a Zurich, exilado, incómodo con los suyos, mental y nostálgicamente atado al “dubliners” que no dejó de alimentarle nunca el flujo continuo de la memoria. Kafka, otro significado ejemplo, por continuar refiriéndome a grandes creadores universales conflictivos, y a la vez emblemáticas de su ciudad, apenas salió, en cambio, de Praga, su “madrastra”. “Praga no te suelta”, anotó en su diario a los diecinueve años. Pero sentía pánico a la vez de verse obligado a marcharse, “el daño peor que jamás pueda alcanzarme”. No soportaba la lógica de tener que aguantar a los convecinos, “una realidad que se convierte en pánico”, equidistante a la consecuencia de que los vecinos tuvieran que aguantarle a él. A la larga, su Praga magnífica terminara siendo una simbiosis de sí mismo. Y, sin necesidad de irse fuera, su genialidad abarcará en Praga la totalidad del mundo.

Madrid tiene la ventaja de haber sido desde siempre atracción de forasteros complacidos, llegados de todos los rincones, de la península o del planeta, para enraizarse en un magma que les permite liberarse de nacionalismos reductores, de ataduras, o de no sé qué neurosis con lo de las “señas de identidad”. Vivir en Madrid, como decía el alcalde Tierno Galván, es ya sencillamente ser de Madrid. Y esta es la esencia consabida de su conglomerado, plural por excelencia, tolerante, bien avenido con todos, sereno, irónico, pacífico; síntesis multiforme de huellas y culturas sucesivas que han ido dejando su rastro durante siglos; más rompeolas de “todas las españas” y puzzle acogedora que se relaja en lo de “los madriles”, que fortaleza contra nada. Pero aquí, en esta tierra de aluvión, este poblado sin terminar, insignificantemente aúlico, que no es, por supuesto, la Atenas de Pericles, crearon los provincianos Cervantes, Lope, Góngora, Quevedo, Velázquez, Goya. Y esta feliz asunción me parece su verdadera pureza de sangre. No sé si habrá en el mundo un lugar donde en tan pocos metros hayan podido expresarse sobre su lugar de residencia semejante categoría de hombres de las letras y del arte.

¿Cómo filmar las claves íntimas de un Madrid cinematográficamente vivido por quienes lo disfrutan o lo padecen, nativos o llegados de fuera, que aquí lo mismo da?

¡Mi yo, que me arrancan mi yo!

Existe ya, sin duda, un conjunto notable de interesantes filmaciones que enriquecen su comprensión y nos ayudan a conocerla. Pero creo que es preciso no confundir tal aportación con esa voraz filmografía de “lo madrileño”, arquetipo de pintoresquismos y escenografías de la patria chica, que juega al costumbrismo y al halago de “lo chulapón”, del “viva Madrid que es mi pueblo” y demás variantes de la sentimentalidad popular. Hay efectivamente un repertorio gesticulante de señoritos canallas, paletos, viejos verdes, mujeres de armas tomar…, decorados “al estilo de aquí”, que hablan impostando la voz, sincopada como un chotis, remedando caricaturescamente a un Arniches que nunca existió. Se trata de un género sin mayor alcance dentro de la industria del entretenimiento, que no se para en esquematismos y excesos. Y, aunque cabe disculparlo dentro de una muy sana predisposición del madrileño al “cachondeo”, no han faltado quienes se tomaran esta religión del madrileñismo con más trascendente seriedad. Ser director de cine implicaba además por entonces una cierta rareza o excentricidad que encajaba bien en la tentación de exaltar desorbitadamente lo chocante, lo esotérico, lo “telúrico”. Madrid ha sido siempre un decorado que podríamos decir resultón -sólo le supera el andaluz-, para todo el territorio español. Y sobre esta principal factoría de realizar películas cayó el filón del casticismo con pretensiones, que ha llegado a pasar por identidad estético moral o marca registrada y representativa de sus esencias. Por castizo entiendo esa retórica narcisista y autocomplaciente con que se rinde culto a un modelo de tipicidad determinante de lo nacional, lo regional, lo local; un espejo de diferenciación casi siempre deformante, en el que proyectarnos, idealizándonos, tal como nos gustaría vernos. Una suplantación de la realidad. No me corresponde a mí ni me encuentro capacitado para esta disección crítico arqueológica, generalmente ya realizada por estudiosos a quienes pueda atraerles más el tema. Me limito a recordar que hacia 1916 publicó Unamuno En torno al casticismo, en el que clama previniéndonos contra “aquella atmósfera de bochorno, de una aridez que espanta, ramplonería y vulgaridad, páramo espiritual, un pantano de agua estancada, no corriente ni manantial”. Castizo viene de casta, de raza pura, íntegra, conservadora, que hay que defender aunque esté cerrada a otras culturas. Una reserva a modo de museo etnográfico, rareza antropológica, como las que se insertan en las rutas turísticas por sus particularidades arcaicas o exóticas, al estilo de las agrupaciones nativas de la isla de Java o de la Amazonia. Y, todo esto, cuando en Madrid, que desde 1900 era la ciudad liberal por antonomasia de España, y hay una especial efervescencia cultural, tanto en política como en arte, cuya cima podrían representar los de la Institución Libre de Enseñanza o la generación del 27. Buñuel contaba que fueron los años más fértiles de su vida. Es el tiempo de las vanguardias, cuando se crean las grandes empresas de radiodifusión, llegan las primeras obras maestras del cine alemán, del francés, del norteamericano. No puede extrañar que Unamuno clamara contra lo que irónicamente llamaba “la esquizofrenia del grito de socorro” de quienes se extrañaban de la invasión: ¡mi yo, que me arrancan mi yo!”.

Nada que ver todo lo anterior con el género lírico de la zarzuela, otra forma de expresión más popular que casticista, especialmente madrileña también, exaltación de su ingenio, con personalidad propia, mediante músicos excelentes como Barbieri, Bretón, Chueca, Chapí, Gómez Alonso, Sorozábal, Guerrero…, tan admirados por personalidades tan poco castizas como Nietzche o Stravinsky.

Todas las películas tienen, no obstante, un valor como fuente de datos para reconstruir el paso del tiempo. Hasta las simulaciones más extravagantes dejan un rastro de esencialidad. Y cada título es un eslabón significativo. La experiencia nos enseña a ser prudentes cara al futuro. Es lo que da pie al gran debate moderno entre lo histórico y lo artístico, aparte otros valores añadidos de antigüedad, extrañeza de sus formas, la satisfacción que genera, etc. El cine tiende aún a unos cánones estéticos prematuramente sacralizados, de discutible fijación universal. Es prematuro conjeturar sobre si este tipo de películas tendrán mejor o peor entidad, y si terminarán constituyendo también un legado sobre la ciudad, posiblemente cuestionado por otro tipo de audiencia que el de su tiempo, con diferentes defensas críticas. O al revés. Por fortuna, la estética cinematográfica no es ya tan monolítica, se ha disgregado y enriquecido con la aparición del director autor, la producción independiente, las nuevas formas de filmación y exhibición, etcétera. “No cabe fabricar historias que no sean historia contemporánea” escribió B.Croce. Y hasta los propios mitos se contemplan con nueva conciencia de la realidad.

Cuando el meridiano de la dignidad del mundo pasaba por Madrid

“Yo vivía en un barrio de Madrid, con campanas, con relojes, con árboles. Desde allí se veía el rostro seco de Castilla como un océano de cuero. Mi casa era llamada la casa de las flores porque por todas partes estallaban geranios: era una bella casa con perros y chiquillos…” Lo cuenta Pablo Neruda en un poema homenaje a esta ciudad. Rezuma amor dolorido, entregado, pasional. Me atrevería a decir “cinematográfico” por su expresividad y emoción. Al margen del Madrid estilizado más o menos convencionalmente en el rodaje de ficciones, el retrato que quedará de Madrid para siempre, será, creo yo, ese tesoro de reportajes, -no “documentales”-, filmados espontáneamente, casi a salto de mata, como las poetizaciones de Neruda. Son lo que mejor refleja el sentir de su colectividad en los tiempos más críticos. Me refiero a las filmaciones que vinieron a realizar cineastas de todo el mundo durante la guerra del 36, con una riqueza de imágenes que ennoblecen el concepto de su conjunto simbólico. “Y una mañana todo estaba ardiendo, y una mañana las hogueras salían de la tierra devorando seres, y desde entonces fuego, pólvora desde entonces y desde entonces sangre”. Es el estremecedor argumento, su razón de ser. Forman parte ya de entre las más impresionantes que se hayan filmado nunca. Se trataba entonces de una excitante respuesta colectiva, “cuando el meridiano de la dignidad del mundo pasaba por Madrid”, como me comentó José Prat, aquel senador entrañable de la transición, republicano culto, madrileño cien por cien, que tuvo que vivir la mitad de su existencia desterrado de su “bastión de la resistencia”, según le gustaba decir. Le entrevisté para mi película MADRID porque me parecía un noble representante del tiempo que yo pretendía resaltar: prestigioso, querido por todos, acogedor y sencillo. También él, igual que ésta su ciudad, parecía tender a pasar desapercibido, como de puntillas. No conozco otra interpretación más cálida y más atractiva, de la idea del madrileñismo. Se mantienen aún vigentes, ahora entre túneles y rascacielos, sus “costanillas”, “calles chicas”, “tabernillas”, “fuentecillas”, “cerrillos”, “corralas”, “campillos”, “vistillas”; humilde todavía en sus industrias del adorno, o de las churrerías, o de la pequeña artesanía; o de sus burocracias, o de sus personalísimos divertimentos, procesiones y verbenas de barrio. “Con tu alegría de panal pobre: clara era tu calle, claro era tu sueño”. Y se mantiene, renovada, la generosidad de su pueblo, dispuesto igualmente a seguir echándose a las calles como cuando salió a proclamar la República, o a hacerse cargo de su destino puesto en peligro, con el gobierno huido a Valencia. A defenderse por sí misma, solidariamente. Así me parece a mí, porque así lo he visto testimoniado en alguna de aquellas filmaciones.

Y no me resistí a homenajear en mi película algunos de estos caracteres de sus gentes, profundamente emotivos. Siguen impresionándome sus imágenes al verles desfilar chapuceramente, en alpargatas, llegados de todas las barriadas, con un botijo quizás bajo el brazo, entre furgonetas camufladas de tanques, por Cuatro Caminos, por Lavapiés, por la Gran Vía. Madrid es así, y así está testimoniado, además, en las filmotecas. “Con escopetas y piedras, Madrid, recién herido, te defendiste”.

“Había que filmarlo”, me contaba el gran operador soviético Karmen, contemplando con él algunas de sus escenas memorables. “Aunque te temblaran las manos, cuando en pleno bombardeo había que echarse a las calles, sin tiempo para pensarlo, asistido por el inexperto Alberti, ayudando a la vez a sacar de entre los escombros el cadáver de una niña”. Son las filmaciones que, respetando otras múltiples maneras de entender lo madrileño, han sabido ir dejando testimonio de los hitos de la ciudad.

Había que profundizar en por qué estas precisas filmaciones parecen resaltar como identidad común su voluntad de resistencia. Precisamente Madrid, capital del país, obligada a albergar como anfitriona indiferente a sus poderes gobernantes. Precisamente Madrid, raramente compenetrada, salvo felices excepciones, con sus regidores municipales que, de forma solapada le han venido siendo impuestos, unas veces porque sí, y otras a través de las estrategias electorales. Pero es como si su aparente resignación a vivir en desacuerdo hubiera desarrollado unos mecanismos de escape manifiesto que nada tienen que ver con las pretensiones regionalistas de otras regiones de diferente conciencia histórica. Y es un desacuerdo callado que continúa estando ahí, dispuesta a volver a abarrotar las plazas y las calles con raro instinto en cuanto algo extraordinariamente humano vuelve a tocar sus fibras íntimas. Con la certeza de que ya siempre habrá, continuará habiendo, en cualquier rincón una cámara filmadora que deje constancia de tales gestos indicadores de algo más que casticismo. Para que su decir colectivo no termine perdiéndose en el vacío del tiempo. Yo no olvidaré nunca lo que en los estertores de la dictadura era filmar, con un nudo en la garganta, a la multitud silenciosa aguantándose su rabia, con una rosa en el puño y los ojos humedecidos en el entierro escalofriante de los abogados laboralistas de Atocha, por ejemplo. O enfrentándose en masa a los golpistas de las Cortes en otra no menos emotiva reacción cívica en la que estábamos todos. O en el silencio multitudinario, entre flores, con que Madrid acompañó la carroza fúnebre del alcalde Tierno Galván, todas las calles atiborradas, en la más hermosa y suntuosa despedida que hayamos podido conocer, digna, como nos decía Prat, “de un Presidente de la República. ¿Qué tendría de excepcional aquel hombre?”.

El cine sobre Madrid, kilómetros y kilómetros de filmaciones tantas veces banales, ha servido también para contarlo, y para que se pueda hablar de una muy marcada personalidad desapercibida. Y esa constatación, a mí, que tampoco he nacido en Madrid, me gratifica y estimula como realizador cinematográfico, por más que tantas otras veces me exaspere. No sin algo de melancolía. Como diría el mítico Rick: We always have Madrid.