Escritos /
Sobre Canciones para después de una guerra

Nunca he sabido explicar mediante palabras qué es, en qué consiste, o cómo han ido surgiendo cada una de mis películas, según creo, todas ellas diferentes. Dentro de ésta mi propia extrañeza quizás “Canciones para después de una guerra” sea una de las más atípicas, no sólo por su forma sino por sus contenidos. Parece habitual contar y expresarnos en novela, en teatro, en cine, sobre lo que conocemos mejor, por haberlo vivido, unas veces disfrutado y otras sufrido. En el caso de esta película yo he tenido que reconocer que, dado el ambiente en que pasé mi infancia, mi familia, mi ciudad, desconocía cuanto significó aquella terrible posguerra, en sus extremos de hambre, miedos, represión, muerte, etcétera. Y más en concreto la de la capital de España.

La posguerra es una sedimentación, un recuperarse de la catástrofe bárbara, salvaje que supone siempre una confrontación bélica. Después del “venceremos” que profetizó Unamuno a los Millan Astray legionarios del 36, es decir machacaréis al enemigo, desolaréis el país a cañonazos porque sois más fuertes, o más desalmados, vendrá el “ pero no convenceréis” que viene a ser el añadido de dolor posterior de las postguerras. Quizás la historia de la humanidad no sea sino una sucesión de postguerras, es decir de desajustes entre quienes poseen desmedidamente el poder y quienes lo padecen, en las que volver a recuperar la vida sobre los destrozos de la irracionalidad, mientras los guerreros repostan y los nuevos alevines vuelvan a surgir para salvar a los demás mediante sus cruzadas enloquecidas. Yo no llegué a ser muy consciente de aquella muestra sucia como todas las postguerras. Reconozco que este desconocimiento requirió una recuperación esforzada, no siempre fácil, incluso a veces traumatizante, al enfrentarme con esta tenaz necesidad de orientarme, investigar, profundizar para saber qué es lo que pasó, de dónde venimos. Un esfuerzo apasionante, en este caso no fácil, requiere de una fuerza motriz especial que nos arrastra hasta límites de un atrevimiento que luego, una vez superado nos sorprende.

Me excitaba por otra parte poder constatar con este trabajo mi vieja idea de que el cine posee una capacidad expresiva más allá que la de ser utilizado como soporte para narrar historias novelescas mediante la composición de imaginerías convencionales, que es lo que principalmente ha venido realizándose, en muchos casos de un modo extraordinariamente eficaz.

Cuenta Prouts en sus “ensayos literarios” como desayunando su té, al introducir la tostada en el paladar sintió un estremecimiento con olor a geranios y a azahar de los veranos de su infancia, cuando su abuelo le daba una magdalena. Creo, como escribía mi amigo José Luis Guarner, que esa sería la clave que yo me empeñé en experimentar en esta película, como un juego de alcances aún no explorados: Provocar ritmos internos no frecuentes, mezcla de imágenes y sonidos de campos semánticos, incluso opuestos, para que convulsionen nuestros sentimientos haciendo explotar en el subconsciente una desconocida riqueza de vivencias, emociones y signos insospechados.

Para desarrollar este proceso en libertad, sin interferencias de los intereses económicos o sociales vivimos una especie de marginación muy fructuosa. Ha sido, de entre todos cuantos trabajos haya podido realizar a lo largo de mi ya larga trayectoria como director de cine, el más gozoso, el más pleno, el más gratificante, colmado además por la recepción calurosa, entregada, enormemente cordial de un público en general, de jóvenes, viejos, hombres, mujeres, progresistas o conservadores.

El idearlo en forma de espectáculo, el irle dando forma y contenido, el verlo crecer incluso a contrapelo de lo correcto, y comprobar después que se hacía realidad la confianza en lograr la complicidad del espectador y que cobra vida ese mundo abstracto en el cerebro, y nos emocionan y nos enriquecen. Es algo difícilmente comparable con nada. O así creo haberlo experimentado yo.

La idea, recuerdo, había producido sonrisas comprensivas en más de un productor amigo. Además eran canciones tenidas como vulgares, incluso de mal gusto, o cursis, o con olor a sacristía, o agresivamente patrióticas. Aquí no hubo una Juliette Grecó ni un Ives Montand, o una Edith Piaf. Había lo que había, un arsenal de otro tipo diferente, también extraordinario. Y nos pusimos a descubrirlo y recopilarlo como podíamos durante meses. Colaboró conmigo y creyó en el proyecto desde el principio José Luis García Sánchez, de forma imprescindible. Y apareció otro insensato, también de Salamanca, Julio Pérez Tabernero que quería ser productor de cine, con el que nos lo pasábamos maravillosamente. Aunque ocurría que tampoco tenía dinero. Confié el montaje a otro mucho más joven, José Luis Peláez, al que había conocido años antes como el chaval ayudante de mi primera película, con una sensibilidad extraordinaria. Y Rori, casi una niña que me orientaba con el asombro que le producían las imágenes montadas, aún mas nuevas para ella. Y luego el pintor más imaginativo, Alfredo Alcaine, que disfrutaba también como un niño. Trabajamos a nuestro aire, al margen de las normas habituales del mercado, de la censura, de la prudencia. Una experiencia irrepetible. Comenzamos mezclando un Cara al Sol oficial con el que para darle más carácter multitudinario cantamos cuantos pudimos reunir por el bar y los estudios próximos, procurando que nadie se lo tomara a broma. “Nunca pude imaginarme que un día me emocionaría escuchando el Cara al Sol ”, escribió un crítico amigo. Yo gritaba los Viva a España más patrióticos. Me los he tenido que oír mil veces en los viejos actos oficiales, incluso desde mi propia casa al lado de la plaza de Oriente. No debe haber habido nunca un Cara al Sol más absurdo, pero también más eficaz. “Canciones para después de una guerra”, respondía a aquella necesidad visceral de independencia de finales de los años sesenta. No es preciso tener que explicarlo. Una necesidad de poder hacer sencillamente lo que nos apetecía, aunque tuviéramos que atenernos a trabajar con materiales de derribo recogidos como podíamos. Se trataba de suplirlo todo con ingenio, además de pasárnoslo bien, huyendo del masoquismo que implicaba entonces ejercer un oficio tan sometido, poniéndonos a inventar sin límites ni prejuicios.

Aparte de las muy especiales circunstancias de la postguerra era aquel un momento muy señalado de cambios de costumbre y usos: los inicios de una nueva sociedad de consumo, las primeras ventas a plazos, los primeros conflictos de una circulación nunca prevista, el final de unos gustos estéticos como el art decó que todavía se ve en los edificios, en los muebles, y el comienzo de una modernidad que tampoco lo era todavía. Aquella propensión a “Vivir a lo loco”. “Total para qué…”, las medias de plástico con cuanto suponía de cambio en el vestir… y por otra parte la sublimación de la idea de imperio, el “Voy por rutas imperiales”, que encontró en productoras como Cifesa, su adecuación mediática. El apogeo de la radio con los seriales, sus concursos, la gran época de la nueva publicidad, el Nodo. Al mismo tiempo, el patriotismo de canciones canallas, como la zambra “La bien pagá”, paráfrasis que infunde menos significados no menos patéticas, conmocionando al espectador más allá de todo realismo naturalista. Las imágenes y los sonidos engarzados, tiran unos de otros como cerezas que se complementan. Aquellos cantares tan alegremente tristes. Eran tiempos de sobrevivir, de sobreponerse a la oscuridad, al miedo, al vacío. El extraño surrealismo de la vaca lechera, tolón, tolón, con tus quesos, con tus besos… que se oía en los patios por las radios, o en las casitas de papel, en medio del silencio, aquel aturdido silencio, de tanto callar. Rascayú cuando mueras que harás tú, se vive solamente una vez, y total para qué te vas a preocupar.

Nos valía cuanto encontrábamos en el rastro o en los desvanes: juguetes, tebeos, un devocionario infantil, los libros escolares, álbumes de cromos, programas de cine. Y fotos, miles de fotos, de cinematón de familias, de grupos de amigos, de parejas, de bodas, curas. Ferias, primeras comuniones, mujeres enlutadas. Las comprábamos en el rastro, en los fotógrafos de pueblos perdidos, se los pedíamos a los amigos. Recuerdo aquel verano feliz: tenía a la familia en la Costa Brava, me cargaba los viernes con una maleta de discos antiguos y de paquetes de fotos, con una lupa, en un tren nocturno, y me pasaba el sábado y el domingo analizando gestos, formas de vestir, oyéndoles cantar a la vez. Y llegaba el lunes al montaje pletórico de felicidad, a darle forma a aquel depósito de ideas que traía en la cabeza. Y a medida que montábamos la película nos íbamos dando cuenta de que estábamos manejando esa sustancia delicada e incontrolable de los sentimientos, quizás la parte más quebradiza y delicada de nosotros mismos, y de muchos otros, casi siempre víctimas, a quienes podríamos hacerles daño, o reabrir viejas cicatrices. Parecía como si aquel material delicado pudiera estallarnos en las manos.

Después, lógicamente llegó el momento de volver a encontrarnos dentro de otra realidad, otro juego menos apasionante, aunque tampoco dejaba de excitarnos. Aprendí cuando estudiaba letras aquel lema latino “con una mano hacía el trabajo, con la otra tenía que mantener la espada para defenderlo”. Tuve que esconder, casi enterrar, el negativo para que no lo hiciera desaparecer la policía. O los buitres del dinero que se nos echaron encima. Seis años de prohibición. Ministros y altos gobernantes llevaban a sus señoras a escondidas a disfrutar en los ministerios de la película que consideraban perniciosa para los demás y a la que negaban hasta su existencia legal. Resultaría cruel recordar sus nombres y lo que dejaron escrito en los informes que se conservan en los archivos. Algunos otros nos defendieron con asombrosa nobleza. Es una historia que está sin escribir. La acogida de la película cuando pudo estrenarse nos desfasó. Yo creo que la sociedad española de aquel momento estaba esperando esta escenificación del reencuentro en la llamada transición. Vino a ser otro factor de reencuentro, de abrazo entre gentes de pensamiento contrario. Recuerdo aquella euforia en el vestíbulo del cine de estreno, entre personalidades significadas de ideas hasta entonces incompatibles. Parecía haber llegado al fin ese día largamente esperado. Fue el momento oportuno. Un periódico publicó en la portada que la película estrenaba libertad. Una afirmación un tanto grandilocuente, pero creo que en cierto modo significativa por las circunstancias que la hacía emblemática. Artículos, ensayos, editoriales, reportajes. Luego las colas de los cines con la reventa de entradas, durante meses y meses , coloquios, las llamadas generosas de la gente desconocida.

La película fue para mí, sobre todo, un acto de comprensión y de conocimiento. Me atrevería a decir que un acto de amor y de homenaje a las víctimas por excelencia, los inocentes más inocentes. Alguien escribió en un hermoso trabajo periodístico sobre el protagonismo de los niños que aparecen subrepticiamente, como un grito callado, como una apelación, como una protesta moral: el niño solo que no encuentra quién le acoja, los aparcados harapientos en la acera del metro esperando a que pase una camioneta de recogida, los que nos miran detrás de las rejas, los que untan pan en no se sabe qué puchero en plena calle, los que cambian cromos, los que escuchan asustados a un sacerdote, los que comen ansiosos en un Auxilio Social, las buenas niñas instruidas, los escolares que no entienden la historia de España, los que miran con ojos enormes en las ferias. Y me resarcía de que yo no hubiera estado en ningún sitio, desde mi posición de niño de derechas que disfrutó de otros ambientes, entre los vencedores. De ahí quizás aquella necesidad de añadirnos al final en los títulos de crédito, vestidos con nuestros auténticos trajes de primera comunión, junto a los juguetes de lata con los que nos compenetrábamos, mientras que parte del país esperaba que se fuera el caimán. Había llegado del exilio, también por entonces, el niño Juan Carlos con que termina la película, mirándonos a todos con no menos cara de perplejidad.